Don Tomás Berreta, un faro de la humanidad

Tomás Berreta (1875-1947)

Tomás Berreta: El Labrador de la Democracia y Faro de la Humanidad

Por Hellmasson Zitto
Las Piedras, 11 de agosto de 2026

Introducción

En un país que ha forjado su identidad al calor de las leyes, el civismo y la justicia social, existen figuras que trascienden el mero ejercicio de la política para convertirse en verdaderos referentes morales. Por esa razón, dedicamos este espacio a evocar a don Tomás Berreta, uno de los faros de la humanidad, por ser un hombre cuya trayectoria vital y pública representa la posibilidad del ascenso del ciudadano común a las más altas dignidades del gobierno democrático y republicano, y por su visión humanista, su sentido de la justicia y su entrega al bien colectivo.

A través de las emotivas memorias de su nieto, el Dr. Alberto Brause Berreta, quien ha rescatado con minuciosidad y orgullo la vida de su abuelo en sus recientes conferencias e investigaciones, que ponemos a vuestra disposición en estos videos, podemos trazar la calidad humana de un líder excepcional. 

 

De labrador y tropero a presidente de la República; de perseguido político a símbolo de la reconciliación nacional; Berreta es el reflejo de una democracia que se dignifica al elevar a los más humildes a las más altas responsabilidades del Estado.


 

Un Origen Humilde Forjado en la Tierra y las Letras Maternas

La historia de Tomás Berreta comienza el 22 de noviembre de 1875 en la humilde quinta de su padre, en Peñarol Viejo, en la zona rural al norte de la ciudad de Montevideo. Hijo de Juan Berreta, un inmigrante piamontés de convicciones liberales y garibaldinas, y de Rosa Gandolfo, una argentina cuyos padres genoveses habían cruzado el Río de la Plata para escapar de la feroz tiranía de Juan Manuel de Rosas, el joven Tomás heredó en su sangre el amor por la libertad y el rechazo a la opresión.

Crecer en el seno de una familia numerosa de diez hermanos en la campaña de fines del siglo XIX implicaba sacrificios rigurosos. Sin la posibilidad de asistir a una escuela primaria formal, fue su propia madre quien le enseñó a leer y a escribir. Más tarde, consolidaría su instrucción básica de la mano de un maestro particular, don Felipe Pagani.

Cuando la devastadora crisis económica de 1890 golpeó las finanzas de su hogar, Berreta no dudó en asumir la responsabilidad familiar. Con apenas catorce años, se hizo tropero y trabajó segando trigo bajo el sol en las chacras del arroyo Miguelete para ayudar a sostener a sus padres.

Fue precisamente en estas tareas rurales donde se encendió su desbordante afición por la cultura. Al emplearse en la quinta de recreo del francés Saturnino Ribes, el joven chacarero descubrió una inmensa biblioteca. Devoraba con avidez las páginas que caían en sus manos; allí leyó sobre la Revolución Americana, se convirtió en un ferviente admirador de Abraham Lincoln, asimiló la Revolución Francesa y se compenetró con el ideario de José Gervasio Artigas. Su amor por las letras y la historia nacional fue tan profundo que, años más tarde, plasmaría esta devoción al bautizar a sus hijos mayores con nombres cargados de épica e identidad: Rivera, Sarandí y Tabaré (este último inspirado en la célebre obra poética de Juan Zorrilla de San Martín).

Este dominio de la lectura y la escritura, inusual en un tiempo en que el analfabetismo asolaba la campaña, le permitió dar sus primeros pasos profesionales como escribiente de la Policía en la seccional de Colón a los 21 años

El coraje frente a la tiranía.

Si la cultura moldeó el intelecto de Tomás Berreta, el coraje definió su carácter. Su nieto, el Dr. Alberto Brause, destaca con especial énfasis el valor civil y físico de su abuelo en los momentos más aciagos de la historia uruguaya. Uno de los pasajes más dramáticos de su vida ocurrió tras el golpe de Estado del presidente Gabriel Terra el 31 de marzo de 1933.

En las horas previas al quiebre institucional, Terra llamó a Berreta, quien entonces se desempeñaba como Consejero Nacional de Administración, y le ofreció la titularidad del ministerio que él deseara a cambio de su apoyo. En un acto de entereza republicana, Berreta rechazó rotundamente el ofrecimiento, manifestando que no aceptaría en modo alguno el golpe de Estado.
La respuesta del régimen no se hizo esperar: Berreta fue detenido y encarcelado en la Isla de Flores, para luego ser sometido al destierro.

El Dr. Alberto Brause establece una distinción conceptual de enorme valor histórico y jurídico entre el exilio y el destierro, explicando que el exilio suele ser una decisión voluntaria del individuo que, ante el riesgo de vida, la persecución o la crisis, opta por abandonar su país, manteniendo siempre la facultad de regresar de manera soberana si las condiciones cambian. El destierro, por el contrario, constituye una sanción aflictiva impuesta por el Poder Ejecutivo. La víctima es expulsada por la fuerza y le está prohibida la entrada a su propia patria, quedando su regreso condicionado a una amnistía o a una autorización formal del gobierno.

A los 57 años, desprovisto de recursos económicos, pues vivía exclusivamente de sus magros ingresos como legislador, Tomás Berreta fue embarcado en el buque Masilia con rumbo al Brasil y comenzó una penosa travesía que lo llevó a desembarcar en Río de Janeiro, para luego recorrer el sur del Brasil (Porto Alegre y Santa Ana do Livramento) y, finalmente, cruzar hacia Argentina, donde permaneció hasta 1936.

A las privaciones materiales del destierro se sumaron graves problemas de salud derivados de una dolencia prostática que requirió una intervención quirúrgica en Buenos Aires. Pese al dolor, la soledad y el desarraigo, Berreta jamás claudicó en sus principios democráticos. Cuando finalmente pudo retornar a Canelones en enero de 1936, una multitud fervorosa inundó las calles para recibir al "paladín de la libertad", un hombre que regresaba con la frente en alto y el espíritu intacto para reorganizar el “batllismo” y luchar por el pleno restablecimiento de la Constitución.

Humanismo, Tolerancia y la Huella Masónica

No se puede comprender la honda dimensión ética y la vocación de concordia de Tomás Berreta sin analizar sus convicciones filosóficas. Don Tomás fue un hombre de pensamiento liberal y miembro activo de la francmasonería. 

En los talleres masónicos, templó su compromiso con la fraternidad, el librepensamiento y la búsqueda incesante de la verdad y del progreso social.

Fiel a los principios de tolerancia universal, Berreta nunca permitió que su filiación laica se tradujera en sectarismo. Por el contrario, históricamente se le recuerda como un hombre de trato sumamente simpático y respetuoso con los católicos y con todas las personas religiosas. Para Tomás Berreta, la verdadera fraternidad consistía en construir puentes, no barreras, y en colocar la dignidad del ser humano por encima de cualquier dogma o bandera partidaria.

Su sentido humanista se expresaba en los gestos cotidianos más puros. Se cuenta que, desempeñando cargos como autoridad departamental y nacional, Berreta jamás olvidó sus raíces agrícolas. Solía visitar a los vecinos y chacareros de Canelones en sus granjas , sin importar a que partido político pertenecieran, para escuchar de primera mano sus problemas. Más de una vez, ante el asombro de los lugareños, don Tomás, se arremangaba la camisa, tomaba el arado tirado por una yunta de bueyes y salía a arar la tierra codo a codo con sus amigos de la campaña. Su solidaridad no era discursiva; era una práctica labrada en el surco de la tierra.

Un Faro de Justicia y Bienestar Social

Su breve pero luminosa presidencia, iniciada el 1 de marzo de 1947, condensó décadas de maduración humanista. En su discurso de asunción ante la Asamblea General, pronunció palabras que hoy mantienen plena vigencia:

“Tenemos que ir perfeccionando nuestros institutos sociales, de modo que cada hombre pueda gozar de un nivel de vida suficiente en lo físico y en lo espiritual. Estas conquistas, para ser efectivas y duraderas, deben basarse en una economía próspera. Hay que asegurar una justicia distributiva cada vez mayor, pero si no se crean riquezas, la equidad de la distribución no será más que ilusoria.”

Esta visión se materializó en una de sus obras más destacadas: la creación del Instituto Nacional de Colonización. Tomás Berreta concebía que la tierra debía cumplir una función social, promoviendo la reducción de los latifundios para mejorar el bienestar del trabajador rural y dotarlo de las herramientas necesarias para un desarrollo digno. Aunque la ley de su creación (Ley 11.029) se aprobó de forma póstuma en enero de 1948, el proyecto fue la culminación de su ferviente empeño por dignificar la vida en el campo uruguayo.

Otro logro destacable fue la creación de la Escuela Nacional de Vinicultura, hoy denominada Escuela Superior de Enología "Tomás Berreta", cerca de la ciudad de Las Piedras, en Canelones, donde se desarrollan importantes cultivos de vid y se elabora vino de gran calidad, lo que refleja su visión de desarrollo técnico y social para el campo.

Ese mismo espíritu práctico y cercano caracterizó su histórica reunión con el presidente estadounidense Harry S. Truman en la Casa Blanca durante su visita como presidente electo en febrero de 1947. Se cuenta que, al no hablar ninguno el idioma del otro, los mandatarios prescindieron por momentos de los intérpretes oficiales para conversar sobre los frutos colocados en la mesa. Cuando los periodistas le preguntaron a Truman cómo se habían entendido, el mandatario estadounidense respondió con una sencillez homóloga a la del uruguayo:

“Nos fue muy bien. Él no habla inglés y yo no hablo español, pero él es de origen chacarero y yo también, de modo que hablamos el idioma de la granja y nos entendimos a la perfección.”

A modo de conclusión

La muerte sorprendió a Tomás Berreta apenas cinco meses después de asumir la presidencia, el 2 de agosto de 1947, víctima de un cáncer incurable en aquel momento. La reacción del pueblo ante su partida física evidenció el alcance de su legado. Una multitud inconmensurable inundó las calles de Montevideo; el féretro fue llevado a pulso y la cureña militar que lo transportaba fue empujada directamente por manos de ciudadanos comunes que exigieron desenganchar a los caballos.

Hoy, sus restos descansan en el cementerio de la ciudad de Canelones, bajo una losa de granito que reza una frase que resume con precisión milimétrica su paso por la tierra:

"A Tomás Berreta. Alma Patricia, gobernante ilustre, ciudadano ejemplar. La libertad y la justicia inspiraron su obra fecunda y eterna."

Para nuestros lectores, la vida de don Tomás Berreta es un recordatorio de que su grandeza se nutrió de la sencillez del labrador, se ejerció con el coraje del demócrata republicano y se guió por el humanismo y la justicia, transformando así a un ciudadano de origen humilde en un referente, un faro de la humanidad.

Libro recomendado

Para conocer más sobre la vida y obra de don Tomás Berreta, pueden leer este libro escrito por su nieto el Dr. Alberto Brause Berreta que se puede obtener en la librería Escaramuza

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